Hoy hemos tenido la suerte de asistir a una charla muy interesante sobre la Sábana Santa. Una iniciativa, enmarcada en los días del tiempo de Pascua, que nos han servido tanto a profesores como alumnos del colegio para profundizar en el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Ha sido un placer poder escuchar a Daniel Jiménez y contemplar una réplica de gran calidad y a tamaño real de la Sábana Santa de Turín.

A continuación, compartimos unas palabras del propio Daniel Jiménez:

En una jornada como esta uno no puede menos que pararse a reflexionar y meditar sobre lo que ofrece la contemplación de la Sábana Santa a todo aquel que se acerca a ella.

Se conserva en Turín desde hace casi 450 años, y según la tradición fue el lienzo mortuorio que envolvió el cuerpo de Jesucristo una vez colocado en el sepulcro. Es uno de los objetos históricos más estudiados por diversas ciencias y disciplinas, y sobre el que más se ha escrito dado el profundo misterio que encierra. En la Sábana Santa se puede ver la figura completa de un hombre que muestra haber sufrido los mismos tormentos padecidos por Cristo, según atestiguan los Evangelios.

Durante siglo XX se ha desarrollado una intensa polémica y un enconado debate en torno a la veracidad, o no, de la Sábana, al intentar ajustarla a los parámetros de la ciencia. La Iglesia, salvo en contadas ocasiones, siempre se ha mantenido al margen de este debate. En primer lugar, porque hasta el año 1983 la Sábana Santa nunca le perteneció; y, en segundo lugar, debido a que nunca la ha necesitado como apoyo para defender la fe de la que es custodia. Además, las pocas veces que se pronunció al respecto fue sobre todo para informar sobre la más que probable no autenticidad de la reliquia, siempre atendiendo a resultados científicos obtenidos a partir de investigaciones realizadas. Pero también es cierto que, aun anunciando este dato, la Iglesia en ningún momento se planteó deshacerse de ella, o dejar de mostrarla. Es más, aprobó tanto su ostensión pública, como las peregrinaciones realizadas para venerarla.

Entonces cabe preguntarse: ¿por qué? ¿Tiene sentido fomentar, o no impedir, la devoción a este lienzo si no es el auténtico? ¿No es engañar a la gente mostrarla con tanta solemnidad? La respuesta a estas preguntas las encontramos en las peregrinaciones y consiguientes testimonios de San Juan Pablo II y Benedicto XVI con motivo de las ostensiones realizadas en los años 1998 y 2010, respectivamente.

Juan Pablo II pronunció las palabras que han estado más vinculadas al lienzo de Turín desde aquel momento. Para él, la Sábana Santa era «un espejo del Evangelio», es decir, la Sábana Santa no es el Evangelio, no es Magisterio de la Iglesia, no es enseñanza de los Padres de la Iglesia, no es Palabra de Dios, no es Dogma de fe, ni siquiera podemos demostrar que estuviera en contacto con el cuerpo de Cristo, pero sí describirse como un fiel reflejo del padecimiento de Jesucristo en su Pasión.

Contemplando la Sábana Santa podemos hacernos una idea de cómo transcurrió el tiempo desde que mandaron azotar a Jesús hasta que fue coronado de espinas, de cómo fue el desplazamiento hasta el lugar llamado Gólgota, y de qué forma vivió la agonía una vez crucificado. A través de este espejo la palabra azote se transforma en cientos de golpes por todo el cuerpo desnudo, la palabra corona se torna en un auténtico casco incrustado de espinas, el desplazamiento al Gólgota se vuelve un interminable viaje cargando un madero que, sobre unos hombros ya dañados, abre las heridas constantemente, entumece los músculos de la espalda, e impide usar las manos para detener las caídas hasta el punto de hacer imposible, sin ayuda, el dar ni un solo paso más. La crucifixión se materializa en un sufrimiento atroz, en cada movimiento del cuerpo se definen las diferentes trayectorias de los regueros de sangre en los brazos y la cabeza, se evidencia la angustia por cada bocanada de aire, y cada palabra pronunciada se traduce en una sed terrible debido a la perdida de tanta sangre, y en unos terribles espasmos por los nervios traspasados.

Benedicto XVI amplió la perspectiva con la que dirigir la mirada a la Sábana Santa declarando que era además «Icono del Sábado Santo», y es cierto, pues en el propio lienzo no solo vemos los crueles sufrimientos a los que fue sometido Cristo, sino que también apreciamos la serenidad del rostro de quién ha perdonado hasta el extremo, la quietud del cuerpo de quién ha sufrido hasta la extenuación, palpamos el silencio del sepulcro una vez sellado.

Al contemplar la Sábana Santa, la reacción espontánea es el silencio. Una vez observadas y entendidas las marcas que en ella aparecen, no queda nada que decir, es la imagen de la muerte de Dios por la salvación del mundo. Nuestra fe no depende de la Sábana Santa, pero no puede negarse que ésta conmueve nuestro corazón y, un corazón contrito y humillado, Señor.